LC
1.
Cuando suena el surdo, el movimiento comienza. Mujeres-pez emergen de las profundidades de la Bahía de Guanabara, montadas en alfombras de rayas voladoras, escoltadas por legiones de delfines. Vuelan veloces en dirección al muelle del puerto, donde se unen a la banda de los hombres-tapir, con quienes siguen hasta la plaza de la Armonía, el lugar de la Apoteosis. El Pégaso Pesado los aguarda allí, en vigilia, listo para abrir el camino.
2.
Es la hora del crepúsculo, el cielo brilla rojo. La ciudad vibra, atravesada por el tum-tum de los tambores. La brisa de la tarde corre cálida, la electricidad espesa el aire. Es la alegría guerrera, algo grande se prepara.
3.
Para fortalecer la compañía llega mi tío Bacuriquirepa, el Iauareté, desde las veredas del Planalto Central. De la selva amazónica viene el Mapinguari, con su boca voraz abierta en el vientre, su pelaje rojo, su ojo único. El Pirarucú-que-anda lo sigue, fiel. Desde los manglares de Pernambuco, el ala de los hombres-cangrejo, caminando de lado y repicando con sus pinzas. De Pernambuco y de Paraíba, el bloque de los Osos de Carnaval viene bailando con fuerza, encabezado por La Ursa. De la Serra do Mar descienden los hombres-follaje, los levisages, dispuestos a sacudir el polvo de la ciudad.
4.
La banda se concentra en la plaza de la Armonía, la Apoteosis de la Metamorfosis. Reúne sus colores, sus tambores, refuerza la batucada y se prepara para entonar el canto de la transmutación. Convoca a todas las especies, a las criaturas del planeta, y al planeta mismo, a la gran metamorfosis.
5.
Cuando por fin llega la majestuosa Boiúna, la Gran Serpiente, la multitud la rodea. Es ella quien lidera la marcha, quien tira del cordón de la transformación. Los tambores suenan más fuerte y la turba comienza a caminar, cantando. Las voces rebuznan, graznan, aúllan, braman, berrrean, claman:
6.
que caiga el rayo
que el viento sople
que el trueno estalle
con el tambor
ven a sacudir, bailar, cantar
hacer temblar la tierra, transformar
deshacer el capullo
desplegar las alas
reventar el capullo
agitar las patas
liberarse del capullo
ser pantransmutación
y todo pelo, pata, papo o pluma
y toda garra, cuerno, cuero, antena
y cada escama, caparazón, tallo, hoja
y cada pluma, pico, baya, fruto
hagan de nuestra danza la lucha
y de nuestro canto la flecha
nuestra metamorfosis
carnarrevolución
7.
Y el cortejo avanza, la gran serpiente compuesta de múltiples seres se arrastra por la Gamboa y la Saúde. Percute, baila, canta, invoca la transformación. Besa, baila, bebe, fuma, aspira a la metamorfosis, a la apoteosis de la transmutación. Y el monstruo alcanza la plaza, que el capullo se deshaga, el ciclo se cumple, la bestia ahora está suelta: es Carnaval en Brasil.
Hablar de metamorfosis hoy puede ser una manera de interrogar nuestra propia forma de existir —y de reconocer la urgencia de una transformación en nuestra relación con el mundo, para aprender a habitarlo de otro modo. Solemos asociar la idea de metamorfosis a la experiencia individual: superación, reinvención, maduración del yo —una narrativa moderna del progreso personal.
Pero la metamorfosis que hoy se presenta no es psicológica, sino cosmológica: una mutación del lugar desde el cual pensamos y sentimos nuestra existencia. Una metamorfosis que desplaza el eje del individuo hacia la Tierra. Esta transformación implica deshacer completamente la antigua separación entre “humanidad” y “naturaleza”.
Durante siglos, Occidente se consideró a sí mismo como excepción: seres de cultura frente a un mundo de cosas. Esa ficción nos ha traído hasta aquí —a la crisis ecológica, al agotamiento del sentido, a la pérdida de continuidad con lo vivo. Lo que llamamos “medio ambiente” no es un entorno, sino una red, una trama de la que formamos parte. Sin embargo, seguimos actuando como si pudiéramos sobrevivir fuera de ella.
Pensadores indígenas, como Ailton Krenak y Davi Kopenawa, nos hablan con una lucidez que la filosofía occidental parece haber olvidado. Para ellos, la Tierra no es un paisaje ni un recurso: es una entidad viva, una madre, un cuerpo en el que todos respiramos. Kopenawa dice que los blancos “duermen con los ojos abiertos”, incapaces de ver los espíritus que sostienen el mundo. Krenak recuerda que solo una transformación de la sensibilidad —una metamorfosis del corazón— puede hacernos volver a sentirnos parte de ese cuerpo común.
No se trata de regresar a un pasado idealizado, sino de abrir la posibilidad de una nueva forma de pertenencia —en la que lo humano deje de ser el centro y vuelva a ser apenas uno entre muchos. Este llamado indígena converge, de otro modo, con las reflexiones de Bruno Latour y Donna Haraway, que también cuestionan la idea moderna de un sujeto separado del mundo. Para ellos, no existe una naturaleza “ahí afuera”, sino una red de relaciones donde humanos, animales, plantas, tecnologías y espíritus coexisten.
Pensar así es aceptar que la metamorfosis ya está en curso, que la Tierra se mueve y nos arrastra, y que resistirse al cambio es apenas otra forma de negación.
Tal vez la metamorfosis que necesitamos no consista en imaginar un futuro diferente, sino en reaprender a sentir el presente: el aire, la lluvia, los cuerpos, los otros seres.
Ejercitar una nueva manera de mirar, de tocar, de cuidar, de compartir.
El Carnaval puede ser un lugar privilegiado para practicarlo. Porque en el carnaval las fronteras se desarticulan: los cuerpos se mezclan, los sonidos se entrelazan, las formas se vuelven inestables. Durante algunos días, el orden jerárquico del mundo se suspende y reaparece algo más antiguo: la experiencia de lo común. El Carnaval encarna, en su propio lenguaje, esa metamorfosis de la que hablan Krenak y Latour: una forma de vida en la que todo se relaciona, en la que la alegría y el cuerpo también son pensamiento.
La metamorfosis que necesitamos no tiene forma definida ni meta final. Es un cambio en la dirección de la mirada: de la posesión a la pertenencia, del dominio a la colaboración, del yo a la red. Es comprender que cada gesto, por más pequeño que sea, participa en la composición de un mundo común. Una metamorfosis necesaria sería aprender a vivir con la Tierra, y no sobre ella.
El Carnaval, con su inteligencia colectiva y su fuerza simbólica, es uno de los espacios donde todavía podemos ensayar ese cambio.